miércoles, 20 de octubre de 2010

NELSON JULIO MINAYA O LOS ARDUOS PRIMORES DE LA CRITICA


A pesar de las opiniones – copiosas y autorizadas – de que estaríamos viviendo en una supuesta Edad de Oro de la crítica, no he tropezado aún con evidencias que me hagan variar la convicción de que el género del ensayo exegético constituye, en los días que corren, desacostumbrada anomalía.

Basta, en efecto, otorgar desaprensiva ojeada a la montaña de obras que se nos proponen bajo la denominación de “crítica literaria” o “crítica de arte”, para que, ipso facto, reparemos que, en su casi totalidad, la mentada caterva de textos, por más que exhiba analítico atuendo y sesgo controversial, lejos está de observar los requerimientos mínimos que la exigente dignidad y venerable tradición de la ensayística reclaman.

Una cosa es abordar el examen de materias de estético linaje desde la perspectiva cautelosa y a veces mojigata del teórico, del especialista o del preceptor, y otra muy diferente emprender dicha tarea con arrojado enfoque de ensayista. Pues el ensayo auténtico (esto es, el que no está dispuesto a renunciar a sus bizarros títulos de género que combina armoniosamente la nobleza y atildamiento de la expresión con la enjundia  y lucidez del pensamiento), el ensayo de buena ley, insisto, demanda de sus cultivadores la rara, la excepcional facultad de fundir en un solo carácter, con sazonada plenitud creadora, dos virtudes que suelen florecer en huertas separadas: el talento artístico y la vocación filosófica.

Huérfana de substancia la prosa del artista de la palabra se enrumbará sin remedio hacia los evanescentes litorales del poema; o degenerará en lúdica verbal, en ingeniosas, cuando no extravagantes, acrobacias lingüísticas. Por su parte, ayuno de los primores del decir, el escolio erudito, más temprano que tarde, perderá de vista su esencial cometido (arrimar al lector al espíritu del texto investigado) y se tornará árida e ingrata prospección en la que echaremos de menos, apenas abramos la tapa del fatigoso volumen, ese discernimiento entrañable que sólo la instintiva sutileza de una escritura sensible y acendrada es capaz de fundar.

Sin lugar a dudas, en los anchos predios del discurrir, es la del ensayo – junto con la forma dialogal, que la incuria contemporánea ha preterido injustamente –, la más encumbrada, estimulante, vívida y fausta de las estrategias literarias que la cultura occidental nos ha legado.

Pero es también, como dejamos insinuado en líneas anteriores, modo elocutivo que expone al autor a continuas e inminentes zozobras dado que, por tratarse de una escritura híbrida, que mezcla la fría contundencia del raciocinio con las ardorosas instancias del corazón, es menester que, en aras de la eficacia del discurso, mantenga siempre dicha modalidad textual, precario equilibrio entre los dos encontrados abordajes heurísticos que lo caracterizan; lo cual, mutatis mutandi, no resulta menos arduo ni aventurado que intentar avanzar descalzo por el filo de una navaja sin herirse la planta de los pies.

A lo expuesto añádase, por si fuera poco, la circunstancia apremiante de que un ensayo que haga honor a su espíritu no debe descuidar las adustas gracias de la brevedad ni los sabios y sugerentes esmeros de la inconclusión. Y ninguno de los dos imprescindibles atributos recién mencionados son moneda corriente en la turbamulta de estudios que ilícitamente aspira a ser incluida dentro de la categoría del ensayo.

No es secreto para nadie que el grueso de la dudosa ensayística contemporánea se nutre de trabajos que, amén de farragosos, suelen exceder las doscientas ó trescientas páginas; extensión que si bien no lucirá reprochable en el manual didáctico o la monografía especializada, resulta por entero inadmisible en obra que se ufana con la denominación de “ensayo”.

Este último – no me cansaré de repetirlo – ha de ser breve. Porque, en lo que a dicho género concierne, está lejos de ser la brevedad defecto reprensible. Es corto el ensayo por naturaleza, no por accidente. Porque su fluir intenso, vigoroso y desembarazado no consiente que el escritor rebase cierta prudente cantidad de cuartillas sin que de inmediato confrontemos el riesgo de que se malogren la fuerza y el donaire que tan apetecible nos hace su lectura. El tratado académico tiene derecho – y debemos concedérselo – a desarrollar su doctrina con talante moroso y régimen prolijo. La lentitud expositiva, la parsimonia intelectual, la insistencia en el detalle y el afán de no dejar hilos sueltos es, en compendios de semejante catadura, nota plausible. Más en el caso de la ensayística muy distinto se nos presenta el panorama: Desde el instante mismo en que el ensayo comienza a engordar con mas folios de los que a su salud y sobriedad conviene, se despreocupa este de su porte atlético e inexorablemente se descasta, apoltronándose cual rechoncho y sedentario burgués. El ejemplar que de puro obeso ronde el lujurioso espesor de la enciclopedia o de la tesis universitaria, si lleva el nombre de ensayo sobre su lomo no es porque en verdad lo sea, sino en razón de que – sabrá Dios el motivo – el autor o el editor tuvieron el inverecundo antojo de bautizarlo de esa guisa.

Los ensayos que sin menoscabo de su penetración analítica y sin detrimento de su índole suelta y espontánea, muestran una amplitud desusada, no constituye en realidad un único y larguísimo ensayo, sino un conjunto de éstos que, de alguna manera, el escritor, con mayor o menor pericia y ventura, consiguió soldar entre sí.

De modo pues, que, si el criterio de la brevedad y sólo ese criterio sirviera de pauta para estatuir cuando un escrito en prosa discursiva pertenece a la clase del ensayo o no atina ni por asomo a insertarse en ella, apostaría que no menos del 90% de los libros que en los estantes del proveedor se clasifican bajo tan honorable rótulo han de ser descartados.

Y lo propio acaece, por cierto, cuando el rasero que damos en utilizar para separar el grano de la paja en punto de ensayística es el de la “inconclusión”. Pues, del hecho de su brevedad, de su genio conciso y fragmentario, se deriva que en un ensayo no puede pretender agotar el tema al que se aboca. La afición por lo exhaustivo y completo no cabe en el programa del ensayista. Lo que – apresurémonos a aclararlo para evitar malentendidos – no debe juzgarse vicio de la forma literaria aludida, sino peculiaridad que, definiendo y singularizando una estrategia retórica, es, a la vez, fruto de su modus operandi verbal; es decir, el paradigma ensayo se yergue como opción crítica y estilística de la escritura; y el escritor, al asumir dicho modelo, hace una elección fundamental que, de un lado, abre múltiples posibilidades al talento creador y, del otro, impone cierto número de restricciones. No hay por qué pedir peras al olmo. El ensayo da lo que está en su naturaleza ofrecer. Sólo a un necio de solemnidad se le ocurriría exigir al arroyo majestad de embravecido océano, o requerir del mar serpenteante y juguetona alegría de regato.

El ensayo padece de inacabamiento porque posee vida. Y nada vivo puede blasonar de cosa terminada. En el molde del ensayo vierte el ensayista una idiosincrásica visión que, manifestándose por medio de ideas, razones y argumentos de genérica prosapia, no deja de ser hondamente personal y, como tal, es visión que arraiga en un carnal a priori axiológico, en una emotividad e incoercibles premisas espirituales que, de algún modo, saturan los pensamientos y encauzan el discurso racional hacia orbes insólitos que nos encaran a inesperados problemas y los iluminan con desconcertantes intuiciones... Nunca será exhaustivo el ensayo, pero, en compensación, si podrá ser, en manos de sus más diestros cultivadores, ágil, impactante, apasionado, sugestivo, agudo y clarividente.

Y las que cabo de enumerar son las admirables cualidades que esplenden en el galardonado escrito de Nelson Julio Minaya, para el que ahora recabaré la deferencia alerta al lector.

El ensayo intitulado Franklin Mieses Burgos, ¿maestro de Borges?, de la pluma, casi desconocida en nuestro medio mencionada en las líneas que anteceden, se adueña de nuestra desvelada simpatía por atendible motivaciones; entre las cuales que haya sido premiado este año en el certamen literario más prestigioso de la República Dominicana se me antoja la menos significativa.

Pues no empece lo honrosa y bienvenida que luzca una corona pulcramente otorgada – y ésta, sin duda, lo es –, la valía de cualquier producto del ingenio humano nunca se asentará en el dictamen de un jurado, por mucha capacidad y competencia que, como afortunadamente ocurrió en el lance que nos ocupa, demuestran sus miembros poseer.

La dignidad y trascendencia de la creación literaria - ¿quién lo ignora? – no se afinca en la apreciación de ciertos individuos, aunque sea considerable la autoridad que nos sintamos inclinados a concederles, sino que dimana de los méritos ínsitos que dicha creación, sin necesidad de acudir a abogados otros que su propio crédito, nos conmina a aceptar.

Si reputo por magistral y modélico el texto de Minaya (que en esa medida lo encarezco), no es porque cure de la opinión ajena, expresada en el encomiable veredicto que lo premiara, sino porque, como confío demostrar en los párrafos que siguen, el escrito de marras, respondiendo a un concepto airosamente ensayístico, (rara avis, en medio de tanta crítica insulsa, vulgar, pretenciosa y desaseada) conjuga la alcurnia de un decir de cautivante hermosura y ático donaire con pensamientos robustos, osados, de filosófica nervadura y original acometida.

Al deslizar la mirada sobre las páginas de Franklin Mieses Burgos, ¿maestro de Borges? Lo que quizás, en un primer momento, hace mella en el ánimo de quien frecuenta las obras de crítica y teoría literaria en boga, es la insalvable distancia que separa la elegancia y comedimiento deliberativos de Minaya, de la abrumadora insipidez del enjambre de volúmenes que, bajo la mendaz etiqueta de “ensayo”, despliegan un saber que, cuando no se avala del todo irrelevante, suele exhibir indumentaria verbal de tan escaso lustre, de tan pedestre léxico, como aquella de la que, a principios de siglo, se quejara Rodó cuando, en palabras que no logro recordar con exactitud, estigmatizaba a ciertos polígrafos por impartir el pan del conocimiento con gesto huraño y pésimos modales.

Quiero decir que, frente a la multitud de inhóspitos comentarios sobre arte y literatura que abarrotan los estantes del librero, destacase el texto del pensador dominicano por su corte ensayístico tradicional y aristocrática filiación, vástago genuino del granado linaje de Miguel de Montaigne.

Henos aquí, en efecto, ante una cavilación de apretado formato (apenas unas sesenta páginas) en la que el razonamiento, asaz riguroso, avanza, sin embargo, a favor del apasionado impulso del espíritu, guiado por la brújula de la intuición, sostenido en una acrisolada sensibilidad personal que aflora a cada instante hacia la superficie del discurso para infundir a las ideas el tempo, la intensidad y el matiz apropiados.

En lo que toca al proceder expositivo, salta a la vista la inconmesurable superioridad de la palabra de Nelson Julio Minaya sobre la rala expresión de los incontables teóricos de la literatura que, so pretexto de científica seriedad y asepsia analítica endilgan al lector insoportable peroración plagada de expresiones crípticas, merced a las cuales, con harta frecuencia, luego de penoso desciframiento, nos enteramos de algún concepto trivial y trajinado que hasta Juan de los Palotes conocía.

Así pues, tasado desde un ángulo puramente estilístico, sin que me tiemble el pulso sentenciaré que el escrito que estamos escoliando no sólo se yergue cual cumbre aislada y majestuosa en el paisaje de la ensayística nacional de nuestros días, sino que, por las incontrovertibles cualidades literarias de que da asiduo testimonio, se justifica plenamente equipararlo a las más gloriosas manifestaciones del género que me haya deparado la suerte cortejar.

Los modales elocutivos de que hace gala la obra que estas líneas intentan aprehender, si bien nos encaran a una autorizada voz de académica estirpe y doctoral prestancia – voz pausada, plena, prodigio de armonía y sobriedad –, jamás inducen al autor, a pesar de la hondura de su pensamiento y la rica erudición que lo nutre, a incurrir en la infatuada pose del experto obsesionado antes que nada por hacer ostentación de su saber mediante la proliferación de notas al pie de página, superfluas citas y ociosos tecnicismos.

Si algo encarece la escritura de Nelson Julio Minaya es su tersura, claridad y precisión; gemas intelectuales que están en los antípodas de cierta irritante propensión oratoria y culterana del idioma castellano; e inequívoco indicio de que el autor se formó en el riguroso claustro universitario sajón, donde pudo adquirir su deslumbrante capacidad de abordar los problemas medulares de manera directa y frontal, y donde, también, alimentó el gusto por la más estricta economía en el uso del lenguaje.

A lo ya apuntado viene a cuento adunar que Minaya no habla, en el ensayo que nos ocupa, a un restringido círculo de conocedoras, a una especie de selecta cofradía de iniciados, como da la impresión que ocurriera con el grueso de la producción bibliográfica que se edita en los dominios de la crítica literaria y artística.

Ciertamente, que ni el tema elegido por el autor, ni la inusual pureza de su palabra, ni el espeso y coherente entramado de las ideas constituirán condumio apetitoso para el embotado paladar del gran público. No nació el ensayo de Minaya con vocación de best-seller. Pero, dentro de los límites que imponen el escrúpulo intelectual y el hecho de que el asunto considerado esté lejos de ser de popular atractivo, el estudio Franklin Mieses Burgos, ¿maestro de Borges? Está al alcance de cualquier persona que, mostrando afición literaria, no se halle huérfana de un mínimo de cultura, sentido común y refinamiento espiritual.

Podría, claro está, sin embarazo alguno, ilustrar cuanto acerca de las prendas retóricas de Minaya he afirmado hastaa ahora con ejemplos extraídos de su meduloso escrito, cosa de comprobar que no he extraviado el rumbo ni se me ha ido la mano en el encomio. Mas tarea semejante, por abordable que resulte, me sometería a la coyunda de una meticulosa elucidación que, al prolongar estos apuntes más allá de lo que su índole introductoria tolera, me haría incurrir en desacato de elementales normas de urbanidad y, naturalmente, dar al traste con el benevolente consentimiento del lector.

Sin embargo, ¿cómo no traer a colación el infalible olfato del exegeta cuando elige epítetos y otras expresiones que apuntan a cualidades y modos?. Tengo por seguro que en medida que no se me antoja deleznable, el embeleso que nos proporciona su escritura deriva de esa portentosa perspicuidad para modificar sustantivos y verbos con la voz exacta que deslinda, amplifica y revela el matiz significativo oportuno y químicamente motivador, la nuance decisiva que entroniza la diferencia entre un decir grato, correcto pero apocado y la palabra de austeros e impolutos blasones.

Cualquier página del ensayo que nos entretiene sobre la que al desgaire posemos la mirada, gratificará al lector con pruebas más que convincentes de esa suprema facultad de Minaya para estampar en la frase, haciendo siempre diana, el epíteto o la locución especificadora capaces de infundir el pálpito de la vida y la íntima y emotiva valoración personal a lo que de otra forma parecería seca y angulosa digresión. “Búsqueda obcecada”, “manía pedantesca”, “vario y anchuroso decurso de las letras hispánicas”, voz “pletórica de acordes poéticos”, “incipiente mediocridad”, “ideas axiales”, “espacio espiritual inescapable”, “juvenil desvelo”, “luenga misiva”, “pieza maestra de perfidia intelectual”, etc., son apenas algunas de las subyugantes fórmulas merced a las cuales, de manera reiterada, trasvasa el crítico su acendrada sensibilidad al cristalino fluir de los conceptos.

A lo que haría falta añadir, para no pecar de corto ni arbitrario, que el ensayista emplea en todo momento un léxico atildado, exquisito, que, sin resbalar nunca hacia el amaneramiento o el artificio de rebuscado empaque, y eludiendo estiramientos de bastón y peluquín, nos sitúa en un registro verbal de clásica tesitura y aristocrático abolengo... Vocablos como “impronta”, “certidumbre”, “limpidez”, “inquina”, “mutación”, “inválida”, “subvierte”, “abjura”, “escarnio”, “bosquejar”, “acervo”, “extravíos”, “cimero”, y tantos otros con los que línea tras línea tropezamos en los párrafos del referido texto, brindan fehaciente testimonio de que Nelson Julio Minaya gusta y sabe poner distancia en su prosa de la vulgaridad y desaliño que reinan hoy por hoy, no sólo en el habla cotidiana – lo que es perdonable –, sino, percance digno de lamentar, en incontables escritos de ínfulas doctrinales.

Por lo demás, tal acicalamiento, dado el vigor de las ideas y la pasión que logra el escritor imprimir a su palabra, no se confundirá jamás con la afectación ni con el gesto relamido. La solidez teórica, la consistencia lógica, la firmeza de sus convicciones y la transparencia verbal, que no admite ambigüedades ni hace migas con el desequilibrio o los excesos, impulsan el discurso en dirección opuesta a la blandura, la rutina y la vaguedad.

En suma, la escritura de Minaya se impone, en este fin de siglo adicto a los hoscos encantos de la ordinariez, como paradigma de elegancia y feliz señorío. La adusta belleza de semejante prosa, de escogida cepa, finca raíces en la más distinguida tradición literaria de Occidente; en particular rinde amoroso tributo a la inagotable herencia de la civilización greco-latina. No en balde, con discreción, con mesura, pero también con obvio regocijo de catador experimentado, desparrama Minaya en el decurso de su cavilación buen número de fórmulas latinas o tomados de otras lenguas, cuales: “In extenso”, “sine qua non”, “!per se”, “poiesis”, “telos”, “Philosophia Perennis” y alguna más que, producto de su bien asimilada formación filosófica, contribuyen en no pequeño modo a levantar la reflexión sobre el docto pedestal de un lenguaje circunspecto y solemne.

Ahora bien, si algo debemos agradecer al preclaro ensayista, es que su notabilísima erudición y no menos descollante superioridad intelectual, lejos de dar pábulo al alarde y el envanecimiento, virtudes son a las que acompañan un profundo respeto por el lector y una humildad y sencillez para nada fingidas. Como persona que en el plano del intelecto no alberga dudas en torno a su propia valía, y que, tras prolongadas y dolorosas experiencias ha cosechado certezas racionales y vislumbrado, en alas de la intuición, horizontes inéditos, Nelson Julio Minaya no tiene porqué acudir a la impostura, al socorrido expediente de la simulación al que se aferra la mayoría de los embirretados amanuenses de la crítica. Es su erudición de tan auténtica raza que brota cálamo currente de manera por entero espontánea; y de tan excelente cuna su sapiencia, que tiene el pudor de sólo asomar a las claras cuando se hace del todo indispensable.

En este punto se torna inevitable un comentario – por somero que sea – acerca de cómo el exegeta, cuidando de escatimar al máximo las referencias, citas y llamadas al pie de página, para no lastrar el escolio con una demasiado pesada carga de información que hubiera arruinado de manera irremediable el ritmo del discurso ensayístico, no se guarda, sin embargo, en el tintero las apostillas y aclaraciones numeradas cuya ausencia hubiese socavado grandemente el poder suasorio de ciertos aspectos de la argumentación. De ahí que, para un cabal entendimiento del parecer que el crítico sustenta, la lectura de dichas anotaciones se revele poco menos que ineludible.

Y para clausurar estas premiosas acotaciones estilísticas, quisiera llamar la atención de quienes hasta aquí han tenido la cortesía de seguirme, sobre dos atributos en verdad emblemáticos del fascinante opúsculo del laureado escritor dominicano: me refiero a su magistral empleo de la metáfora y la comparación con fines didascálicos; y a su no menos portentosa capacidad de síntesis.

En lo que toca a lo primero, bastarán dos citas a modo de ilustración. Nos cuenta Minaya que el catedrático cubano Rodríguez Feo, para desprestigiar la monumental figura de Jorge Luis Borges, publica, 20 años después de escrita, una carta de Pedro Henríquez Ureña en la que el maestro dominicano recrimina severamente las orientaciones y gustos literarios del insigne literato porteño. Tan deshonesto proceder, que aviesamente pretendía ignorar la obra grande y clásica de Borges, (que Pedro Henríquez Ureña no pudo conocer por haber sido publicada mucho después de fallecido el humanista quisqueyano) lleva a nuestro ensayista a pergeñar, airado, el siguiente símil condenatorio a modo de escarmiento y terrible baldón: “En lo que atañe a Rodríguez Feo, es como que alguien se disponga a bosquejar un perfil de San Pablo y concluya su relato un día antes del sendero de Damasco”.

Pareja analogía constituye, en su lapidaria simplicidad, la más abrumadora reprobación de una artera conducta intelectual que haya el papel soportado nunca.

Pero también sirve a Minaya el añoso y probado artificio de la comparación para que, a horcajadas de la imagen, se potencie la idea con el peso y colorido de los seres tangibles; como cuando, luego de cavilar en torno a la benéfica influencia de la poesía de Franklin Mieses Burgos sobre la de Borges, declara sin ambages:

“Tras arduos años de aridez y extravío, hallará Borges en la poesía de Mieses Burgos el oasis anhelado, del que acaso llegara a desesperar. Recibirá sus balsámicas aguas y a su tiempo lo veremos florecer en guirnaldas de estrofas inigualables”.

Por lo que hace a la pasmosa capacidad de Minaya para, de modo axiomático, dilucidar en unas cuantas líneas deslumbrantes nociones ciertamente intrincadas, pongamos de ejemplo el párrafo – epítome de nitidez y tersura expositiva – que a continuación transcribo:

“El vocablo “metafísico” no deberá confundirme, plagado como se encuentra de groseros malentendidos. Para nada concierne al montón de baratijas esotéricas con que el vulgo suele igualarlo. Mieses Burgos es metafísico en el clásico y propio de los sentidos: es el perpetuo enamorado de las esencias, oteador de inholladas latitudes que palpitan y asoman en las cosas y perdemos de vista en la cotidianidad. El sentir metafísico, o, lo que es igual, la facultad de acatamiento y asombro frente a las ultimidades del existir, impregna toda la poesía de Mieses Burgos, y es, en efecto, la clave de su pensar”.

Como sobradamente queda establecido en la cita que antecede, posee Nelson Julio Minaya en grado superlativo – nadie osará discutirlo –  el don de expresar, con apretado manojo de términos de castiza solera, tópicos espinosos sujetos a desconsoladora ambigüedad y al persistente riesgo del equívoco.

¿Acaso existe un vocablo cuyo significado se preste a más enfadosos desacuerdos que el de “belleza”? ¿Cuánta tinta no se habrá derramado con el propósito de desvelar el arcano a que alude ese término?... Pues bien, adviértase la magistral definición que en un puñado de frases nos obsequia Minaya al rozar tangencialmente dicho problema:

“Belleza que consiste en realizar mediante la palabra, la epifanía de las profundidades: esa congruencia íntima del fondo y de la forma, ese lograr la plenitud de una intuición en la diafanidad de un acorde poético”.

Para no tender a importuno – podría volverme fastidioso multiplicando ad libitum las citas – cumpliré mi promesa de dar remate en este punto a las impresiones que el señorial estilo de la prosa ensayística de Minaya hiciera germinar en mi espíritu. Pero no sin antes recalcar que a ese decir, cuyo poder de seducción descansa no en lirismo de pintoresca estofa o en dramáticos efectos oratorios, sino en la marcha solemne del período, la pulcritud de la dicción, la aceitada y bien trabada sintaxis, la afortunada ausencia de hojarasca y, last but not least, un tono de severidad analítica que no se rehúsa el giro traslaticio siempre que este, mediante la sugestión metafórica, pueda colocarnos ante la muda presencia del enigma, a ese decir magnánimo, noble, acrisolado, corresponde - otra cosa hubiera sido inconcebible –, un pensamiento maduro, altivo y lúcido y una muy apreciable cultura humanística que, sobre el eje de la filosofía, se abre camino hacia todos los espacios adonde suele ser emplazada la curiosidad intelectual.

Ahora bien, a estas alturas de mi disgreción no tendría nada de extraño que el lector, para sus adentros, monologara haciendo uso de razones del siguiente tenor: “No es poco lo que se nos ha dicho en torno a las virtudes formales de la ensayística crítica de Nelson Julio Minaya; pero, ¿acaso el comentarista, que tanta facundia ha desplegado al examinar cuestiones de estilo, piensa escurrir el bulto a los contenidos que brindan soporte al referido ensayo? ¿No discutirá las hipótesis osadas que acerca de la influencia de Franklin Mieses Burgos sobre Jorge Luis Borges, externa en su premiado escrito el autor santiagués?”.

No eludiré mi responsabilidad. Al fin y al cabo resulta mucho más fácil – al menos para mí – opinar sobre las ideas de un texto que sobre las escurridizas facetas del tratamiento retórico a que dichas ideas se acomodan.

Por lo demás, juzgar la pertinencia de los supuestos explayados en las páginas que nos ocupan, no es tarea que pueda hacernos gastar demasiada tinta. Basta dejar en claro que, si bien en cuestiones tan complejas y delicadas como la que Minaya hace objeto de su reflexión, rara vez será posible arribar a certezas absolutas que desvanezcan, de manera definitiva, un enojoso residuo de incertidumbre, entiendo que los argumentos – numerosos, variados y sólidos – que aporta el autor en abono de su tesis, tienen peso más que suficiente para persuadir al que sin prejuicios los considere; y para sembrar la duda en la mente del lector receloso o dogmático.

En lo que me concierne, confesaré que los contundentes razonamientos de Minaya lograron su objetivo: creo y, todavía más, siento que tiene razón; que semejante cúmulo de coincidencias y afinidades entre la poesía de Franklin Mieses Burgos y la del Borges de la etapa madura no puede ser atribuido a la casualidad; y que la asombrosa mutación de la lírica del escritor argentino, luego de tres décadas de pertinaz silencio, muy probablemente tenga como una de sus principales e inocultables fuentes, si no la única, la estupefacción, el deslumbramiento que sin duda produjo en Borges la lectura de nuestro aeda mayor, padre de la Poesía Sorprendida.

Las similitudes formales, temáticas y de actitud entre Franklin Mieses Burgos y Jorge Luis Borges que el crítico examina en su feliz pesquisa, lejos de parecernos arbitrarias o accidentales, se nos impone, a medida que las vamos sopesando y juntando unas con otras, como evidencias de tan nítidos contornos que no se nos ocurre puedan ofrecer costado vulnerable a la refutación.

Franklin Mieses Burgos tuvo que ser – no cabe otra suposición – la sabia que hizo reverdecer el numen aletargado del metafísico o irónico bardo porteño. Para un artista sensible y de gusto pulquérrimo nada es tan contagioso ni tan estimulante como percibir la grandeza de una obra ajena en la que, sin embargo, diera la impresión de resonar misteriosamente el eco de la propia voz... Eso nos lo asegura la razón y el instinto artístico lo corrobora. Y cuando el instinto tiene la fortuna de encontrar la garantía del discernimiento, buenos motivos hay para concluir que se está avanzando en la correcta dirección.

Claro que cierta exégesis profesional, que todos conocemos, siempre podrá alegar insuficiencia documental o declarar inverificable la fascinante hipótesis que Minaya plantea. ¡Cómo si la cuestión pudiera resolverse en un experimento de laboratorio! Sea. Harto sabemos lo que podemos esperar del astigmatismo recurrente de la crítica actual, crítica a la que no vienen en socorro – pobrecilla – ni la intuición del poeta, ni la cultura honda ni la depurada sensibilidad.

Nelson Julio Minaya sintió primero – como poeta bueno que es - la profunda fraternidad espiritual que une a ambos vates, el dominicano y el argentino. Luego, como filósofo y humanista, investigó el origen de tan insólita hermandad, arribando a la conclusión de que Borges debe a Franklin Mieses Burgos nada más y nada menos que el reencuentro con su olvidada y verdadera voz.

Esta teoría – a cuya comprobación dedicó el erudito pensador las sesenta clarividentes páginas de su ensayo – me tienta, me satisface, me convence... Y no serán, desde luego, los quisquillosos reparos de los fanáticos del estructuralismo y la semiótica los que conseguirán que mude de opinión.

DIVAGACIONES EN TORNO A LA IDENTIDAD, EL MULTICULTURALISMO Y LA LITERATURA


            Setecientos años atrás poco más o menos el tierno autor de Los milagros de Nuestra Señora escribió con “sílabas contadas” cierta estrofa que no por haber sido citada en incontables ocasiones por críticos e historiadores de la literatura dejaré de transcribir una vez más para regalo del oído sensible a las arcaicas felicidades de aquella voz cordial cuya sinceridad aún nos estremece: “Quiero fer una prosa en román paladino,/ en el cual suele el pueblo fablar a su vecino,/ ca no son tan letrado por fer otro latino,/ bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.”. Estos suculentos versos en cuaderna vía del clérigo de la Rioja Gonzalo de Berceo, límpido poeta, el primero de nombre conocido en los solares del idioma castellano, si algo revelan es que para el siglo XIII, fecha en que fueron compuestos en la tierra dura y fría donde el severo monasterio de San Millán de Suso se levanta, el latín había sido enteramente desplazado del habla cotidiana, sustituido por un nuevo, vigoroso y aguerrido romance. A esos aldeanos rudos, de modales zahareños, que habitan en peligrosa zona fronteriza donde sólo se sobrevive al precio de escaramuzas y contiendas, (territorio que al llenarse de fortificaciones o castillos de piedra no tardaría en ser conocido con el nombre de Castilla), al alma de esos arrogantes labriegos, repito, más hechos a los desapacibles usos de la espada que al íntimo recogimiento del claustro monacal, el candoroso poeta de la Virgen y de Santa Oria procuraba acercarse con su devoto canto... Parejo propósito de ser comprendido por el hombre llano –de cuyos tatarabuelos, vale la pena recordarlo, los romanos se mofaban a causa de que jamás supieron hablar el latín correctamente-, es el que, si no me pago de vanas apariencias, mueve a Gonzalo de Berceo, hombre al que Menéndez Pelayo no duda en calificar de docto,  a escribir sus poemas hagiográficos en la única lengua en que a la sazón la gente del común rezaba y maldecía, el castellano, en lugar de emprender su innovadora aventura lírica en un latín osificado que, para esa época, en el mejor de los casos, apenas servía a bizantinos debates de un puñado de escolásticos pretenciosos.
            Alentado por el ejemplo del simpático clérigo de San Millán de la Cogolla, daré inicio a mis divagaciones en torno a la identidad solicitando a quienes a esta prosa desenfadada se arrimen me disculpen, como antaño se disculpaba el poeta aludido, por no ser yo tampoco lo bastante letrado para abordar el intrincado tema a cuyo escrutinio me he comprometido como no sea acudiendo a los favores de un discurso mondo y lirondo, esto es, al román paladino en el que hoy, igual que ayer, “suele el pueblo fablar a su vecino.”.
            Dificulto no suene este introito exculpatorio a captatio benevolentiae, a mero subterfugio de retórico jaez con el que, poniendo la venda antes que la herida, lograr no se me recrimine por imponerme elucidar con reprobable audacia una cuestión para cuyos desafíos es notorio que no poseo la competencia requerida.
            Quien en el ejercicio de un derecho que no tengo la intención de recusar de esa suerte opine, aunque se equivoca, que lo haga... Por mi parte, añadiré en lo que a este punto concierne, dando así remate a las consideraciones preliminares que hasta ahora me han tenido ocupado, que un lenguaje natural y transparente que huya de la jerga técnica del especialista tanto como del tono doctoral de académica estirpe, no excluye -¿por qué habría de hacerlo?- la posibilidad de calar hondo en el pensamiento; y, por descontado, de contrapuesto modo, se me hace verdad no sujeta a discusión que el estudio de sesuda estampa, plagado de amenazadores vocablos de exótico viso, no por acogerse a tan sofisticado atuendo verbal será siempre capaz de recompensarnos, luego de habernos sometido a la mortificación de laborioso desciframiento, con ideas sustanciosas e inéditas interpretaciones... En todo caso, juzgo preferible ser acusado de desaliño estilístico o hasta de penuria elocutiva, que incriminado por cometer el delito de expresar de modo turbio y presuntuoso lo que pudo ser dicho con claridad y sencillos modales... Declarado lo cual haré gracia de más digresiones a quienes hasta aquí han consentido acompañarme y entraré en materia.
            Por lo que atañe a la identidad tengo copia de razones para pensar que con semejante noción ocurre algo similar a lo que el conspicuo obispo de Hipona nos cuenta le sucedía con el concepto de ‘tiempo’; y era que –espero la memoria no me deje en la estacada- cuando en situaciones de la vida ordinaria hacía uso del vocablo ‘tiempo’, perfectamente sabía Agustín, mente lúcida y apasionada si las hubo, de lo que estaba hablando; mas si le preguntaban qué era el tiempo y se ponía a meditar sobre lo que esa palabra designaba, el asunto tomaba otro cariz, y la idea, que antes daba la impresión de apuntar a algo evidente y accesible, hela ahora de súbito convertida en tormento del espíritu y motivo de embarazo y perplejidad.
            Reflexionando sobre el mismo tema la esclarecida pluma de Paul Valery nos asegura en alguno de sus imprescindibles e injustamente preteridos ensayos que “se ha reparado seguramente en el hecho curioso de que tal palabra, que es perfectamente clara cuando se la oye o se la emplea en el lenguaje corriente, y que no da lugar a ninguna dificultad cuando está metida en el curso rápido de una frase ordinaria, se vuelve mágicamente incómoda, introduce una resistencia extraña, desbarata todos los esfuerzos de definición en cuanto se la retira de circulación para examinarla aparte, y se le busaca un sentido después de haberla sustraído a su función momentánea.”.
            Las perspicaces observaciones de Agustín y Valery que he insistido en traer a colación, lejos de reputarlas ociosas, se me antojan pertinentes y hasta ineludibles en razón de que, al menos en lo que a mí respecta, la voz ‘identidad’, de tan llevadero trato y familiar talante en los días que corren, no bien me impongo la tarea de escudriñar su significado, se me vuelve enigmática, equívoca, perturbadora.
            ¿A qué intentamos referirnos cuando, en la hodierna conversación, sacamos a orear el término identidad? ¿Entendemos todos lo mismo al escuchar o pronunciar esa palabra? ¿Cuál es el valor, importancia y alcance de la identidad? ¿Qué hace que nos aficionemos a ella? ¿Es la identidad algo que en verdad somos, o algo que nos imaginamos ser?, ¿acaso ambas cosas? ¿De dónde y por qué el casi obsesivo interés que el grueso de la intelectualidad de algunos países arroga al llamado problema de la identidad? ¿Cuándo, cómo y por qué la identidad –no importa cuál sea la realidad que esa expresión denote- se convierte en un problema?
            Sobre las inquietudes harto comprobadas que estas preguntas revelan rodará mi discurso a partir de ahora, aun cuando sin ánimo de responderlas todas o de hacerlo por modo metódico y exhaustivo.
            Para comenzar y no perder la costumbre, otra digresión: me asalta la sospecha de que el arduo empeño de desvelar los secretos de la identidad acaso pudiera ser de índole no muy diferente del declarado propósito de ciertos escritores que se afanaban por lucir modernos, punto sobre el que finamente ironizaba Jorge Luis Borges cuando, reconociendo su ingenuo error de juventud compartido por casi todos los autores de la vanguardia de los años veinte, estampara en el breve prólogo fechado en 1965 a una nueva edición de su temprano poemario Luna de enfrente, publicado cuatro décadas atrás, el siguiente juicio, en su pluma tan proclive a un estilo de incredulidad y vacilaciones, inusualmente apodíctico: “Hacia 1905, Hermann Bahr decidió: ‘El único deber, ser moderno’. Veintitantos años después, yo me impuse también esa obligación del todo superflua. Ser moderno es ser contemporáneo, ser actual: todos fatalmente lo somos. Nadie –fuera de cierto aventurero que soñó Wells- ha descubierto el arte de vivir en el futuro o en el pasado. No hay obra que no sea de su tiempo...” Y algo después, cosa de completar la risueña palinodia, añadía: “Olvidadizo de que ya lo era, quise también ser argentino.”.
            ¿Sucederá lo mismo con la erudita jauría de sabuesos que corren a la husma de la identidad? ¿Es desatino colegir de los barriles de tinta que en nuestras naciones hispanas pareja cuestión hace derramar, un sentimiento de carencia o, tal vez, de pérdida que nos fuerza a buscar algo que ya somos, que no podemos dejar de ser?... Probablemente me equivoque, pero mi ignorancia me apremia a conjeturar que ningún ser humano o grupo social que no sufran de incurable amnesia pueden existir sin identidad; tanto vale postular la posibilidad de un sólido que expuesto a la luz no proyecte sombra, o de un rostro al que el espejo no devuelva su propia imagen. Y si poseemos identidad, entonces ¿a qué tanto alboroto?
            Quizás incurra en infundada suspicacia, mas no consigo sustraerme a la idea de que en la agenda de las elites ilustradas de las naciones de pujante economía, vigoroso desarrollo científico-tecnológico, claras y aceptadas normas de convivencia y firmes instituciones, el tema de la identidad –para nosotros poco menos que ineluctable- no parece ocupar lugar preeminente, ni mucho menos dar pábulo a crisis o angustias existenciales de ningún tipo... lo que me hace barruntar que –concediendo que no se trata de mera moda intelectual- la preocupación por la identidad que a los estudiosos de los países de América Latina abruma y obnubila, la fascinación que esta ejerce, acaso no sea ajena al hecho de que nos sentimos humillados, rebajados, inferiores, porque perteneciendo a la cultura de Occidente, la cual no deja espacio para que nada subsista fuera de su modernidad de tecnológica urdimbre, sólo participamos de ella de modo ancilar y, por decirlo así, parasitario. Vivimos materialmente de esa cultura, pero poco o nada contribuimos a su adelanto, orientación o desarrollo... Que para los pueblos de procedencia hispana, de parva incidencia en los destinos del planeta pese a sumar millones en las estadísticas demográficas, la cuestión de la identidad esté a la orden del día es cosa que, convengamos en ello, hace aflorar al espíritu la presunción de que tal vez el desasosiego no exento de beligerancia que la consideración de la identidad suscita en el analista criollo responda a un mecanismo compensatorio que consistiría en oponer a nuestra innegable debilidad en el plano crucial de la creatividad económica, política, científica y tecnológica, oponer, digo, a tal flaqueza virtudes de autoctonía cultural reales o imaginarias que la contrarrestarían.
            Sea lo que fuere, hay algo sobre lo que no creo pueda prosperar la discrepancia: la identidad remite a lo peculiar y propio, a lo idiosincrásico. Tropezamos así con que, al amparo de la irreprochable noción de cultura pudiese medrar el fetichismo de la diferencia, esto es, la propensión a convertir lo singular, lo particular, en un absoluto para, en nombre de ello, proclamar la imposibilidad de todo parentesco o comunidad de naturaleza y cultura entre los hombres. La idolatría de la identidad cultural –y toda idolatría es peligrosa- endosa la lógica de la separación, divide a la humanidad en compartimentos estancos, en ámbitos clausurados, en entidades colectivas refractarias a toda influencia que insinúe horizontes ajenos a la visión del mundo en la que el idólatra, con gesto defensivo, se recluye. El dogma de la identidad cultural –lo perciban o no quienes se complacen en promoverlo- fácilmente se atrinchera en los bastiones de la intolerancia, habida cuenta de que parte del supuesto erigido en axioma no sujeto a discusión, de que lo que encarece y dignifica a una cultura es aquello que esta no puede compartir con las demás, a saber, la singularidad de sus atavismos, costumbres y tradiciones. Parejo endiosamiento de lo específico, único e irrepetible, termina por negar la posibilidad del ser humano de trascender los límites estrechos de su época y nación, excluye o rechaza esa “aptitud para desbordarse más allá de la sociedad y de la historia” que las mentes más preclaras de todos los tiempos y latitudes han esgrimido como la verdadera esencia de lo humano, cualesquiera que fueran el lugar y la época en que a los individuos les tocara nacer...
            El 31 de enero de 1827 Goethe, conversando con Eckermann, le confiaba que estaba leyendo una novela china, y que lo que más le sorprendió era que en vez de hallarla exótica, ajena, extraña, sintió que lo que en ella se narraba le era familiar. Reproduzcamos sus palabras: “los hombres que pasan por sus páginas piensan, obran y sienten poco más o menos lo mismo que nosotros, y no tardamos en considerarlos como nuestros iguales.”.
Y adunaba luego, a modo de conclusión: “Cada vez veo más claro que la poesía es patrimonio común de la humanidad y que en todos los lugares y en todos los tiempos se manifiesta en centenares y centenares de individuos.”.
            El texto que acabo de citar vincula a Goethe directamente con el ideal de las luces, ideal que como ha sido en innumerables ocasiones explicado apuesta a la preeminencia de la razón humana, descansa en la certidumbre de que existen ciertos valores universales: libertad, justicia, verdad, belleza; alienta la fe de que el hombre es capaz de decidir conscientemente su destino y de que el individuo es el eje de la sociedad y de las naciones, se apega, en suma, a la convicción de que la Humanidad es, al cabo y a la postre, una sola aunque puedan ser muchos y variopintos los estilos de vida y las costumbres.
            En resolución, aunque arraigados a un suelo, formados dentro de valores y costumbres propios de un grupo o sector social, engalgados en una época, pueden los hombres a pesar de todo romper las cadenas que le sujetan a la fatalidad de los particularismos y manumitirse de la inexorable presión del pasado, que exige, a toda costa, mediante la repetición ritualista de ciertas prácticas y ademanes, prolongarse.
            Si el individuo puede escapar a los constreñimientos que la historia le impone, escabullirse a las restricciones que el medio social establece, entonces debe hacerlo. ¿No reputamos acaso por valiosos en extremo sólo aquellas obras del espíritu humano que no pueden ser completamente explicadas por la pregunta ¿cuándo?, o la pregunta ¿dónde?
            Pedro Henríquez Ureña, nuestro ilustre coterráneo a quien tanto veneramos sin leerlo, nos alertaba en su nunca más actual indagación sobre la expresión americana que “Todo aislamiento es ilusorio.”, y luego de recordarnos que “”nuestros propios orientadores fueron, en momento oportuno, europeizantes”, sostenía: “tenemos derecho a tomar de Europa todo lo que nos plazca: tenemos derecho a todos los beneficios de la cultura occidental.”.
            Empero, habiendo traído al terreno de esta reflexión asaz deshilvanada y caprichosa el pensamiento de nuestro máximo humanista, caigo en cuenta de que una aclaración con urgencia se impone: cuando Henríquez Ureña, en una serie de inquisiciones no por sumarias menos luminosas ni profundas, discurre con la admirable precisión y sobria elegancia que le son características en torno a las vicisitudes de nuestra expresión, o sea, de la expresión americana, lo que tiene en mira –a nadie cogerá de nuevas- es exactamente la misma cuestión que motiva estos renglones, el problema de la identidad; sólo que, en la época en que el maestro dominicano daba a la estampa sus geniales atisbos, no cursaba la moda de ciertos terminajos, enfoques y estrategias discursivas, que la sequedad académica, en su esfuerzo por lucir aires de científica objetividad, puso después en circulación en menoscabo del señorío expresivo y la feliz aprehensión de la intuición en la palabra.
            Así pues, no perdamos de vista que –si bien ciñéndose al ámbito de la literatura- el asunto que nos concierne hace ya bastantes décadas que fue, si no agotado, planteado al menos con proficua lucidez por el gran don Pedro; y argüiría escasa sensatez de nuestra parte echar en saco roto su enseñanza. Esta se compendia acaso mejor que en ninguna otra página gestada por su pluma en el texto que, porque no tiene desperdicio, a seguidas me dispongo a citar: “Mi hilo conductor ha sido pensar que no hay secreto de la expresión sino uno: trabajarla hondamente, esforzarse en hacerla pura, bajando hasta la raíz de las cosas que queremos decir: afinar, definir, con ansia de perfección.
            “El ansia de perfección es la única norma. Contentándonos con usar el ajeno hallazgo, del extranjero o del compatriota, nunca comunicaremos la revelación íntima, las desvirtuaremos ante el oyente y le parecerán cosa vulgar. Pero cuando se ha alcanzado la expresión firme de una intuición artística, va en ella, no sólo el sentido universal, sino la esencia del espíritu que la poseyó y el sabor de la tierra de que se ha nutrido.”.
            Empero, si a lo que mis ojos contemplan doy crédito, en la actualidad el problema de la propia expresión o, cual hogaño preferimos decir, de la identidad colectiva, lejos de plantearse, como sabiamente hacía Pedro Henríquez Ureña, en términos de conciliación entre lo idiosincrásico y lo universal –conciliación de la que la magna obra de arte ofrece irrecusable testimonio-, se nos presenta desde la susceptible esfera de la conducta ético-política, bajo la ingrata fórmula de heterogeneidades culturales incompatibles. Herederos del irracionalismo romántico que en el siglo XIX fomentaran un Herder, un De Maistre y hasta, ¡válgame Dios!, el mismísimo Hegel, hoy los discípulos de estos célebres forjadores del ideal místico del Volksgeist (alma de la nación), renovando el lenguaje pero no la concepción, emplean otros términos extraídos de las ciencias sociales y la antropología, las categorías de multiculturalismo e identidad cultural, para romper lanzas a favor del criterio de que todas las culturas están en el mismo nivel, que cada una de ellas debe ser medida de acuerdo a sus propios valores, de que por encima del individuo está el grupo, de donde se deriva que la esencia de cada integrante de la sociedad tan sólo se manifiesta en su capacidad para actualizar y conservar el legado de las tradiciones, costumbres, modos de pensar y sentir y estilos de vida atávicos.
            Pareja postura existencial, de ello estoy muy cierto, se acoge a criterios que arraigan en los antípodas de las convicciones y postulados de la civilización de Occidente, para la cual no es el grupo sino el individuo, su dignidad, su derecho a la libertad, la justicia y la felicidad lo que, contra viento y marea, es preciso defender... Así las cosas, más fácil resultará fabricar un cubo redondo que armonizar culturas cuyos principios fundamentales, aquellos que las personas definen como más sagrados e inviolables, discrepen. El ideal multiculturalista, salvo en su desleída e inocua versión turística, superficial y folclórica, es insostenible. Porque no puede haber concierto social sin normas fundamentales comunes. Por lo que toca al punto decisivo de la convivencia, cabe concluir que lo único que puede haber –y, en efecto, contemplamos- son sociedades en que viven, sometiéndose con repugnancia y resquemor a las normas de la mayoría, grupos que aspiran a otro orden fundamental, que, apenas sientan tienen la oportunidad de voltear la sartén, no dejarán de hacerlo.
            No obstante, tengo por cosa averiguada que las afirmaciones que anteceden en nada desmienten la tesis de Pedro Henríquez Ureña a la que tuve ocasión de referirme... El hecho de que el desiderátum individualista de libertad, tolerancia y democracia entre inevitablemente en conflicto con prácticas culturales ofensivas a la conciencia moral del occidental contemporáneo, prácticas que sólo refrendan la autoridad de la tradición y el dogma, no debe hacernos olvidar que es posible y deseable registrar mediante las más gloriosas creaciones literarias y artísticas los singulares perfiles de un pueblo, de una tierra, de una histórica circunstancia.
            En su poema El haiatiano, Domingo Moreno Jimenes no se contenta con trazar magistralmente la imagen de ese sufrido emigrante del vecino país visto por el dominicano, es decir, un tema harto ceñido a nuestro entorno social y cultural que jamás podría ser desarrollado por un alemán o un sueco, sino que la vivencia, en alas de lírica intuición, nos hace recorrer un camino que va de lo superficial a lo profundo, de lo aparente a lo esencial, de lo típico a lo universal, de lo efímero a lo permanente... Comienza con sobrias y atinadas palabras a describirnos al haitiano desde la perspectiva de los más ostensibles hábitos que le caracterizan: “Este haitiano que todos los días / hace lumbre en mi cuarto / y me llena las fosas nasales de humo; / este haitiano / que no puede prescindir de la cuaba, /  y prefiere tabaco del fuerte / y aguardiente del malo,... Cuaba, humo, aguardiente malo, tabaco, ya está definido el haitiano a partir de la pintura del ambiente, desde los elementos particulares, únicos, del escenario. Asciende entonces el poeta otro peldaño, y nos hace palpar el temple ético de ese anónimo ser humano, su auténtica y más profunda urdimbre espiritual: “es bueno a su modo, / y a su modo rico, / y a su modo pobre”, para, de inmediato, de este no por ambiguo y paradójico menos certero retrato íntimo de la condición axiológica del haitiano, saltar al plano de lo general mediante la visión de raigambre evangélica de que lo ínfimo es lo que en verdad importa. Adopta el verso ahora  entonación profética, majestuosa andadura y exaltación solemne: “¡Benditos los seres que maltrata el hombre! / ¡Bienaventuradas las cosas humildes / que se yerguen siempre sobre el polvo frío de todas las cosas!”...
            Desde lo específico y ordinario logró Moreno Jimenes elevarnos hasta la cumbre luminosa de lo que es válido para todos y para siempre... Alquimia maravillosa de la belleza. Allí y sólo allí podremos asir, aunque apenas sea durante un instante prodigioso, nuestra elusiva identidad.

            NOTA: Los conceptos sobre identidad cultural y multiculturalismo que en este escrito aparecen recogen el pensamiento de dos autores: Félix Martínez Bonati y Alain Finkielkraut  

LA IDEOLOGÍA DEL MULTICULTURALISMO


A nadie que con ojos exentos de prejuicio consienta echar un vistazo a su alrededor, se le ocultará que el pretendido ocaso de las ideologías (que tantos estudiosos de la sociedad se empeñan en proclamar rasgo distintivo de nuestra época) es tesis que, si se toma en rigor, nos haría correr el riesgo de encaminarnos lejos de la verdad. No hay que ser empecinado en materia de objeciones para advertir que, a la luz de los hechos cotidianos, semejante postulado, no obstante la autoridad y reconocimiento de quienes lo suscriben, revélase cuando menos cuestionable. Y no está al cabo de lo que pasa quien a estas alturas del juego se obstina en ignorar que los magnos credos utópicos arbolados beligerantemente una o dos generaciones atrás, sólo se han resignado a salir por la puerta trasera para consentir que entren por la del frente otros idearios no menos susceptibles, después de todo, de encauzar la energía de las multitudes, por modo similar a como sucedía con los que le precedieron, hacia los estériles pagos del sectarismo y la intransigencia.

            Conminado a rebatir la censura de que tengo en poco al sentido común o que ando en tratos con sofismas de especioso jaez, me propongo en los renglones que siguen hilvanar a punto largo algunos pensamientos acerca de la teoría del multiculturalismo, ideología de flamante cuño que, en mi opinión, ha colmado con creces y excelente fortuna el vacío dejado por el declinar de los viejos y desacreditados ideales de corte ético-político que tan protagónico papel desempeñaran en las dos conflagraciones mundiales del pasado siglo, matanzas cuya estólida furia, para vergüenza y desdoro de la impenitente humanidad, hubimos de sufrir.

            ¿Qué propone el ideal multiculturalista? Algo a prima facie muy atractivo, con lo que difícilmente estaría en desacuerdo ningún individuo razonable: el derecho que tienen las diferentes culturas de los grupos humanos que hoy se reparten el planeta a ser colocadas en plano de igualdad; que se respeten los valores, costumbres, tradiciones y creencias de cada etnia y población; en suma, que se adopte una actitud hospitalaria y abierta frente a los particularismos de las distintas comunidades, por exóticos y extraños que puedan parecernos, y se aplauda en tanto que enriquecedora y positiva providencia la exaltación de sus específicas identidades nacionales.

            Lo dicho –siempre que hayamos interpretado correctamente a sus heraldos-, substancia la quintaesencia del evangelio multiculturalista, doctrina que, de pareja guisa compendiada, diera la impresión de ser epítome de tolerancia, democrática liberalidad y civilizada compostura... Así las cosas, ¿a qué ánimo recalcitrante podría antojársele combatir un ideario cuya prédica parece hacerse eco de algunos de los más irremplazables principios morales de Occidente?

            Porque tengámoslo por seguro: la tolerancia es prueba irrecusable de inteligencia alerta y ecuménica sensibilidad, cuando menos para los que hemos sido educados dentro de la tradición occidental. Y los vientos democráticos que hogaño soplan con mayor o menor reciedumbre sobre casi todos los rincones de la tierra tienden, sin lugar a dudas, a favorecer que la consigna del multiculturalismo sea difundida rápidamente y acogida con fervor por caudalosos sectores de la población mundial que han tenido acceso a cierto grado de instrucción académica.

            Pero, a riesgo de que se me aplique el insultante apodo de cavernícola, insistiré en que la igualación de las plurales culturas a que el aludido ventarrón democrático propende se me antoja, en lo fundamental, nociva y peligrosa. Pues por lo que toca a los valores medulares de cada forma cultural –los que rigen la convivencia e instauran el orden de las instituciones e individuos-, no creo que siempre puedan los de una sociedad resultar compatibles con los de otra. La misma virtud suprema de la tolerancia tiene sus límites. Para que esta última no se exponga a sucumbir es preciso que no toleremos determinadas prácticas, por bien afianzadas que estén en las costumbres de cualesquiera comunidades. Sería irresponsable y hasta suicida que por respeto a convicciones y hábitos ajenos demos en permitir, sin ni siquiera levantar nuestra voz de protesta, conductas que sólo cabe tildar de atroces y supersticiosas... Bajo ningún concepto debe Occidente abonar estilos de vida signados por la barbarie y el fanatismo, repudiables maneras de actuar que no pocas tradiciones y creencias sancionan, a las que la ideología del multiculturalismo, acaso sin percatarse, extiende complacida su bendición al entonar la apología de la identidad cultural y de las diferencias de modos de vida en que esta se funda.

            La gravísima amenaza que la tesis multiculturalista fragua es ésta: al romper lanzas a favor de la equiparabilidad de todas las tradiciones, endosa el derecho a existir de extremosos comportamientos dogmáticos irreconciliablemente enemistados con los principios de libertad y tolerancia sobre los que se yergue la civilización occidental moderna. Porque –que nadie sea llamado a engaño- como ningún grupo humano, étnico, religioso o nacional está dispuesto a renunciar a sus primordiales concepciones del “correcto” vivir, el multiculturalismo, salvo en su desleída versión turístico-folclórica (maneras de vestir, alimentarse, divertirse, etc.) no es un programa social viable. Directamente nos conduce y a corto plazo –no hay que presumir de arúspice para anticiparlo- a un explosivo callejón sin salida.
            

BORGES Y EL QUIJOTE: LOS PORMENORES DE UN DEBATE


            Faltaría mi pluma a la cautela que el sentido común recomienda si, al incurrir en estas prescindibles apostillas al Quijote, me dejara sonsacar por la ilusión de que, tras haber sido sometida durante casi cuatro siglos a incesante valoración crítica, pueda el desahuciado ingenio mío descubrir en la inmortal novela de Cervantes algo nuevo, sorprendente o curioso, algo que la abultada exégesis acerca de la obra cumbre del Príncipe de las Letras no haya examinado a cabalidad y dado a la estampa en miles de artículos, ensayos, discursos, monografías, tesis y tratados sesudos que abarrotan los estantes de las bibliotecas mejor abastecidas.
            De sospechar que los buenos amigos que me invitaron días atrás a perpetrar estos superfluos comentarios sobre el Quijote alimentaban la presunción de que les obsequiase un discurso erudito, colmado de observaciones agudas e interpretaciones originales, de imaginar, reitero, que era proeza tamaña la que de mi desvalida péndola se esperaba, me habría negado sin pensarlo dos veces a participar, junto a admirados colegas de méritos muy superiores a los míos, en este coloquio cervantino.
            Basta, en efecto, considerar la avalancha de juicios, opiniones y dictámenes (buenos y malos, oportunos e impertinentes, comedidos o temerarios) a que ha dado pábulo la magna creación del alicaíno para que acariciemos la nada peregrina conjetura de que ,en orden al sentido, universalidad y excelencia del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, acaso lo esencial haya sido ya expuesto, y reste muy poco o nada interesante que decir.
            Y como, hasta donde cabe barruntar, supuesto semejante tiene trazas de ser verdadero, a cuantos se hayan tomado la molestia de acercarse hasta aquí con la vana esperanza de escuchar inéditos pareceres fruto de escrutinio minucioso, no sin melancolía les aconsejaré que vuelvan a sus casas y relean las páginas difícilmente superables que sobre la portentosa novela que nos ocupa escribieran autores de incuestionable predicamento, entre los que –cosa de no alejarnos del solar de la lengua castellana- me circunscribiré a traer a la memoria los nombres ilustres de Valera, Menéndez Pelayo, Cejador, de Maeztu, Ramón y Cajal, Azorín, Unamuno y Ortega y Gasset.
            Empero, las autorizadas plumas que acabo de mencionar constituyen apenas la punta del iceberg. Pues si algo doy por improbable es que pueda haber existido jamás escritor de título que en uno u otro momento de su singladura literaria no se haya entregado a la tentación de explanar algunas ideas sobre el libro protagonizado por el famoso Caballero de la Triste Figura...
            En fin, para despedir el acápite bibliográfico que a modo de preámbulo he juzgado imperioso volcar en la cuartilla, acudiré a las palabras de Sainz de Robles cuando, en su Diccionario de escritores españoles e hispanoamericanos, nos informa que “La bibliografía cervantina es inmensa. Resulta casi imposible ni seleccionar la mejor. Pasan de 6.000 los libros dedicados a Cervantes y su obra, y de 60.000 los estudios monográficos, y de 500.000 los artículos periodísticos.”
            Anonadado por ese descomunal cuanto desalentador número de publicaciones que día a día se acrecienta, podría pedir al celebérrimo Manco de Lepanto aquel verso suyo con el que inicia el conocido soneto burlesco con estrambote:
            “Voto a Dios, que me espanta esta grandeza”...
             Porque “espanto” es la palabra que nombra apropiadamente el sentimiento que se apodera de mí cuando reparo en la montaña de textos críticos a que ha dado origen la genial creación cervantina; al punto de que tengo por cosa averiguada que, así consuma la vida entera no ya estudiando sino consagrado a la mera lectura de lo que hasta ahora se ha impreso en torno a la monumental novela de marras, no habrá escoliasta en el mundo, por laborioso, devoto y tenaz que sea, capaz de echar una rápida ojeada ni siquiera a la mitad de tan intimidante bibliografía.
            Basta lo expresado para que se tenga por enteramente digno de fe que me hallo en inminente riesgo de repetición. No es –lo temo- verosímil que los precavidos señalamientos que me propongo someter al veredicto público pudieran haber eludido de milagroso modo la mirada escudriñadora de la legión de doctos investigadores aplicada a desmenuzar la obra del máximo escritor de nuestra lengua.
            Dejando, pues, a un lado toda jactancia de originalidad y resignado a reproducir lo que otras mentes –de fijo menos vacilantes que la mía- con casi absoluta certeza ya han registrado, ensayaré una cavilación nacida al albur de inocentes relecturas.
             Jorge Luis Borges, autor cuya nombradía me dispensa de los oropeles sospechosos de la alabanza, en ensayo acaso no demasiado frecuentado por los lectores, hacía una aguda observación en consonancia con su feliz talento para advertir enigmas literarios por doquier, o para inventarlos cuando con ellos no topaba. Decía el maestro argentino –refiriéndose, creo, a Almafuerte- que “la paradoja o problema  de una íntima virtud que se abre camino a través de una forma a veces vulgar me ha interesado siempre.” El inesperado contraste  que ofrece una expresión negligente a la que, sin embargo, no se le puede escatimar eficacia artística es incógnita que incitará a Borges a más de una perpleja reflexión. Así, en otro de sus trabajos de crítica literaria –irritantes quizás a fuer de lúcidos-, apela al criterio del grado de dificultad que para el reconocimiento de sus bondades presentan ciertas obras con el propósito de estatuir una inusual clasificación tripartita de los escritores. De conferir crédito a su tesis, no por extraña menos perspicaz, nos veríamos en la necesidad de avenirnos al hecho de que “Hay escritores –Chesterton, Quevedo, Virgilio- integralmente susceptibles de análisis; ningún procedimiento, ninguna felicidad hay en ellos que no pueda justificar el retórico. Otros –De Quincey, Shakespeare- abarcan zonas refractarias a todo examen. Otros, aún más misteriosos, no son analíticamente justificables. No hay una de sus frases, revisadas, que no sean corregibles; cualquier hombre de letras puede señalar los errores; las observaciones son lógicas, el texto original acaso no lo es; sin embargo, así incriminado el texto es eficacísimo, aunque no sepamos por qué.” Y no sin sobresalto nos enteramos entonces que, según el genial porteño, “A esta categoría de escritores que no puede explicar la mera razón pertenece Miguel de Cervantes.”
            En otras palabras, para la inteligencia discriminadora Cervantes es un misterio, una suerte de cuadratura del círculo, ya que encarna o, mejor, tipifica al escritor que vaya usted a saber por qué, a pesar de sus asiduas máculas estilísticas, convence y satisface.
            Tal vez no esté Borges incurso en inexactitud cuando asegura que “ La crítica española acepta demasiado a Cervantes y prefiere la mera veneración al examen”; mas, así sea cierto que la idolatría ha colocado una venda en los ojos de la exégesis peninsular, habría que explicar aún por qué para el mundo entero, a la distancia nada insignificante de cuatrocientos años la grandeza del Quijote, su mérito en cuanto literaria fabulación, no ha dejado día tras día de afianzarse y crecer.
            De modo que, por fundamentada que pueda lucir la censura de Borges a la forma como el magno complutense se expresa, no es sin disgusto e íntima reserva que leemos quienes nos hemos criado bajo la fascinación de las proezas del desquiciado caballero andante, dictámenes cuya severidad suscita inevitable escándalo, cual estos que a seguidas transcribo: “Juzgado por los preceptos de la retórica, no hay estilo más deficiente que el de Cervantes. Abunda en repeticiones, en languideces, en hiatos, en errores de construcción, en ociosos o perjudiciales epítetos, en cambios de propósito.”
            Que adolezco de onerosos y acaso irreparables defectos es verdad a la que estoy impuesto desde que tengo uso de razón. Empero, en el número de tan desafortunadas deficiencias me he forjado la ilusión de que la ingratitud no está incluida. Y como a Cervantes y a su Quijote debo algunas de las más insobornables alegrías no sólo de los años mozos, sino también de la marchita madurez, no puedo menos que someterme a la obligación de esclarecer hasta qué punto dan en el blanco las apuntaciones críticas del notable ensayista, poeta y narrador argentino, o, si por azar no incurrió su pluma –de ordinario mesurada- en el exceso de cortejar las que él estigmatiza como “hipérboles irresponsables”.
            Esta última posibilidad no parece del todo descaminada siempre que prestemos atención al hecho de que resulta muy arduo conciliar las fallas de estilo que Jorge Luis Borges pretende denunciar en la emblemática novela cervantina con su éxito duradero, inmediato y sin precedentes. Concédaseme al respecto reseñar lo que  en su excelente Historia de la literatura española e hispanoamericana nos recuerdan enhorabuena Diez-Echarri y J. Franquesa: “Ni Shakespeare, ni Montaigne, ni escritor alguno de aquel siglo, lo alcanzaron tan grande. En los años que median entre la publicación de las dos partes se envían a las Indias cientos y cientos de ejemplares; se imprime en Bruselas (1607); se traduce al inglés (Londres, 1612); al francés (París, 1614); al italiano (Venecia, 1622). Luego se multiplican las traducciones en todas las lenguas, incluidos el hebreo, el chino, japonés, vasco. Es el libro de literatura profana que más ediciones ha tenido.”
              Amén de la impresionante difusión del Quijote a que acabamos de aludir, conviene no echar en saco roto que el grueso de la crítica, no sólo española sino internacional, contra el riguroso juicio borgeano, abona la opinión de Cejador, para quien “Es Cervantes el que más diestramente supo aunar la refinada elegancia clásica de los antiguos y del Renacimiento con el realismo y el casticismo del habla popular, siendo su decir propio y limpio, armonioso y recio, y el más rico en voces y construcciones de los escritores castellanos.”
            Si esto es así, ¿qué valor conferir al desaliño que el ilustre escritor porteño advierte en la obra cumbre del alicaíno? ¿Cómo explicar que, en palabras del insigne reprobador, a los precitados vicios retóricos “los anula o los atempera cierto encanto esencial”? ¿Cómo dar razón del hecho –sigo al pie de la letra a Borges- de que Cervantes habla “para lectores que no se esfuerza en interesar y que sin embargo interesa”? ¿Cómo entender que un texto tan descuidado en el plano gramatical sea –en opinión del argentino- “eficacísimo, aunque no sepamos por qué?
            Si no fuera porque la circunstancia no tiene viso de verosimilitud, sucumbiría a la tentación de pensar que en su célebre “Discurso acerca de Cervantes y el Quijote”, el eminente y erudito filólogo Menéndez Pelayo es a Borges a quien se enfrenta cuando, con vena polémica no desprovista de “politesse”, señala que “Han dado algunos en la flor de decir con peregrina frase que Cervantes no fue estilista; sin duda los que tal dicen confunden el estilo con el amaneramiento. No tiene Cervantes una manera violenta y afectada, como la tienen Quevedo o Baltasar Gracián, grandes escritores por otra parte. Su estilo arranca, no de la sutil agudeza, sino de las entrañas mismas de la realidad, que habla por su boca.”
            En esas expresiones de Menéndez Pelayo –hoy injustamente preterido- es donde creo atisbar la solución al dilema literario planteado por ese inmenso escritor amanerado que se llamó Jorge Luis Borges. En el Quijote –suceso acaso sin precedentes- no es el autor Cervantes el que nos dirige la palabra, sino “la realidad, que habla por su boca.” Puede pareja realidad cometer cuanto desatino estilístico se le antoje, siempre que por medio de la lengua alcance a manifestarse en su más recóndito ser y nos imponga su presencia. 
            Antonio Machado claramente lo observó; oigámoslo: “Fue Cervantes, ante todo, un gran pescador de lenguaje, de lenguaje vivo, hablado y escrito; a grandes redadas aprisionó Cervantes enorme cantidad de lengua hecha, es decir, que contenía ya una expresión acabada de la mentalidad de un pueblo... Con dificultad encontraréis en el Quijote una ocurrencia original, un pensamiento que lleve la huella del alma de su autor. A primera vista parece que Cervantes se ahorra el trabajo de pensar. Deja que la lengua de los arrieros y de los bachilleres, de los pastores y de los soldados, de los golillas, de los buhoneros y vagabundos piense por él.”
            Más perfecta, exacta y persuasiva descripción del mérito estilístico del Quijote no conozco. De ahí la fascinación que su lectura siempre ha producido... Es fama que para Stevenson el encanto era la señera virtud de la literatura, por lo que si un escritor carecía de él, de todo carecía. Al Quijote podremos reprocharle –como hizo Borges- muchas fallas e incorrecciones. De lo que nunca podremos incriminarlo es de que no nos encante.
           
            

VIGENCIA DEL HUMANISMO EN LA ACTUALIDAD Y SU RELACIÓN CON LA LITERATURA Y LAS ARTES


            El corazón de las humanidades palpita al ritmo de las artes y la literatura; y el humanismo al que los studia humanitatis aspiran es ideal cuya ausencia nunca se había hecho sentir de manera tan alarmante y angustiosa como en los días que corren.

            En las páginas que siguen me aplicaré a la tarea de sustanciar con argumentos que, si los astros me son propicios no serán calificados de improcedentes, las dos certidumbres amonedadas en los renglones que preceden.

            No se me oculta que romper lanzas a favor de la causa humanista es, en estos días de posmoderna trivialidad, desenfrenado hedonismo y carencia absoluta de valores de trascendente viso, empresa harto comprometida y, acaso, en términos de material eficacia, muy poco redituable… Empero, si de algo estoy impuesto es que la civilización que hemos forjado en el decurso de onerosos milenios de sueños, tropiezos, logros y sinsabores, se precipita por modo incontenible hacia el abismo, al haber dado las espaldas el masificado y teledirigido hombre de hoy al paradigma de espirituales atributos por el que la cultura de las llamadas humanidades siempre ha propugnado; y porque estoy persuadido de que el estilo de vida que llevamos –obscenamente dispendioso, cerrilmente mercantilista, grosero al extremo, ajeno a todo interés de elevar nuestra condición de criaturas conscientes apelando al refinamiento y depuración de las facultades superiores del alma-, como doy por cierto que parejo comportamiento, repito, conduce al hombre a un callejón sin salida, a su completa y definitiva desaparición, no puedo, aunque me asalta la perturbadora sospecha de que mis palabras caerán en saco roto, guardar silencio.

            Tal vez hayamos sobrepasado el punto de no retorno y sea ya tarde para rectificar… Pero sería imperdonable no intentarlo. Veamos pues de acometer, una vez más, la ineludible y probablemente inútil vindicación del humanismo.

            Dando a un lado las precisas pero a menudo insuficientes definiciones del diccionario, sostendré –copia de razones tengo para pensar que no me equivoco- que quien cure de que se le considere humanista ha de ser persona preocupada por fomentar y robustecer las cualidades que confieren sentido y dignidad al ser humano. Humanista, en la acepción que en este escrito estamos asignando a dicho vocablo, nombra al sujeto capaz de avalorar cuanto contribuya a la grandeza del hombre; humanista es el título con el que en justicia reconocemos al individuo capaz de advertir y poner de resalto la nobleza, excelencia y esplendor que, al menos en potencia o virtualmente, atesora, por el mero hecho de pertenecer al género humano, cada miembro de nuestra especie; así entendido, el humanismo importa el desarrollo del conocimiento de lo que somos, de nuestra propia esencia, de lo que nos distingue y nos emparienta con las demás formas vivas de la naturaleza, y llama también esa humanista visión a luchar por la hermandad entre los hombres y por la defensa de sus derechos inalienables; de lo que, por descontado, contra todo clausurado dogmatismo y propensión sectaria, derívase la postura, erigida en principio existencial, de acoger con simpatía las creaciones que traslucen los más positivos rasgos del ingenio humano, sin que para nada cuente en la apreciación que las mismas nos merezcan en qué sociedad, cultura, época, sociedad o lengua hayan sido tales creaciones alumbradas; el humanista abre siempre su reflexión a todos los firmamentos en los que la mente ha podido soñar y llevar a cabo su exploración de lo bello, lo justo y lo verdadero.

            He aquí, sin embargo, que el conocimiento de lo que somos –desideratum al que no puede el humanismo renunciar sin traicionarse-, la ciencia no lo brinda. Mediante pruebas y experimentos controlados podrá el científico decirnos qué ocurrirá, dadas ciertas premisas y condiciones, en determinado plano de la realidad empírica; pero se trata de un saber instrumental que si bien proporciona dominio sobre lo que nos rodea, tiene que ver con el cómo y no con el qué; nos ofrece teorías que con envidiable exactitud matemática explican el funcionamiento de un ámbito específico de la naturaleza; pero nada nos aclara acerca de lo que tales acaecimientos fenoménicos son o del significado que tienen… Para las cosas que más conciernen al ser humano, esas con las que debe éste lidiar día tras día, no encontraremos en las alforjas del científico respuesta alguna… El amor, la muerte, la amistad, el odio, el dolor, la alegría, la ilusión, la ternura, la desolación, la esperanza, el fracaso, la gloria, la envidia, en fin, todo lo que nos mueve en nuestra existencia  cotidiana y hace que nos sintamos vivos, muéstrase en absoluto refractario a la suerte de aprehensión propia de la razón científica. Los procedimientos cuantitativos de la metódica observación de la ciencia escasa o nula aplicación tienen en lo que atañe a indicar al ser humano cuál es el camino que corresponde transitar para alcanzar la dicha, cuáles han de ser sus metas y propósitos. Y al cabo y a la postre, sólo los fines que perseguimos y las acciones en que incurrimos para llevarlos a término infunden sentido a la existencia.

            Literatura y arte vienen entonces en nuestro auxilio. Para enterarnos en profundidad de lo que somos, para reconocernos en el espejo de nuestros anhelos y desdenes y poder de ese modo insuflar densidad y plenitud a la existencia, el artista nos ofrece, como no podrá jamás hacerlo ningún oficiante de las ciencias, el veraz retrato de nuestro yo íntimo, del que brota la energía que nos transforma en criaturas humanas, soterrada zona de la psique que es la única facultada para dar razón de nuestros actos, al vincularnos, merced al instinto, la intuición y las pulsiones inconscientes, con la vibración universal del cosmos y la vida.

            De ahí que, cuando declarábamos que el corazón de las humanidades palpita al ritmo del arte y la literatura, no estábamos ni por un instante dejándonos arrastrar, en desmedro de la buena tradición de la claridad, hacia las brumosas estribaciones de la metáfora, sino apenas registrando un hecho por demás ostensible: el eje del saber humanístico –saber que no admite ser trasvasado al lenguaje lógico-discursivo- son las letras y las artes. El humanista de todas las épocas y países, sin excepción, ha reparado en ello. Sin las artes y las letras el humanismo, cual lo hemos definido en los párrafos que anteceden, no hubiera podido florecer. Se comprende, pues, que hoy por hoy, cuando el grueso de la población se siente atraída por manifestaciones pseudos-artísticas de la más baja estofa y es reacia a abrir un libro sustancioso o tan siquiera un periódico, ande la concepción humanista de capa caída y nos encaminemos a pasos acelerados, borrachos de consumista civilización, a una desastrosa hecatombe.

Ahora bien, uno es el origen del arte, múltiples sus manifestaciones; la fuente de la que mana la creación que solemos denominar artística es siempre la misma; en cambio, las modalidades históricas que ha adoptado semejante actividad creadora son, y con toda verosimilitud seguirán siendo, diversas y cambiantes: pintura, escultura, arquitectura, música, danza, teatro, literatura y tantas otras seductoras expresiones de belleza cuya mención, en mor de la brevedad, omito, fruto son de una primordial energía psíquica a favor de la cual la humana criatura busca reconocerse, contemplarse en el espejo de su propia potencia generadora de mundos imaginarios, identificarse con lo que le rodea, conferir significado a su existencia.

             Acaso no condesciende a hipérbole atolondrada quien se empeña en sostener que hemos alcanzado la condición humana gracias al arte. Un galardonado profesor cuyo nombre mi ingratitud olvida, aseveraba en reciente libro de divulgación antropológica que, “Entre los rasgos culturales que distinguen a los humanos, el arte tal vez sea el logro más elevado”. La idea luce atendible. En cualquier caso, de lo que no cabe dudar es que en la remota edad que llamamos prehistórica, el indicio más elocuente de que una especie bípeda de gran cerebro que se refugiaba en las cavernas, había franqueado el umbral de lo humano son las primorosas pinturas rupestres y otros elaborados objetos que la sensibilidad y portentosa destreza manual de los individuos de esas rudimentarias comunidades produjeran… Así, pues, no es incurrir en imprudente énfasis retórico sugerir  -el testimonio del pasado lejano a ello nos invita- que el arte nace con el hombre; a menos que –y es ése el parecer que abono- conceptuemos más exacto decir que el hombre nace con el arte…

            Aducíamos renglones atrás que todas las cosas a las que acordábamos el calificativo de artísticas eran el resultado de una energía psíquica creadora, cuya función estribaba en conferir unidad y sentido a la imagen mental del mundo que el salto a la vida consciente, esto es, a la vida filtrada por el lenguaje y la razón, había sin remedio fragmentado. El orgullo y la gloria del sujeto civilizado es su conciencia. Acrecentamiento de la conciencia y progreso de la civilización van a la par. Empero, ha sido descomunal el precio que hemos tenido que pagar por nuestra potestad consciente. El primero y principal ha sido la brecha siempre más ancha y honda que nos separa de los instintos básicos. Porque –no procede echar esta verdad en el cesto de la basura- el refinamiento de la cultura cimentado en los poderes del pensamiento discursivo y en el conocimiento proporcionado por la ciencia, no suprime las pulsiones instintivas; mientras haya vida habrá instintos; solo que la parte consciente de la psique del hombre civilizado se niega a reconocer la legitimidad de parejas manifestaciones emocionales del yo profundo y ha perdido el contacto con ellas.
           
La deplorable secuela de semejante hiato, de tan funesta postergación de la oculta comarca del ser refractaria a toda suerte de racional aprehensión, es que, cada vez en mayor medida, se siente el hombre un extraño en el cosmos, no es capaz de verse a sí mismo, -nuestros primitivos ancestros tribales sí podían verse de esa forma-, como emanación de la naturaleza, porque ha preterido el habitante de las modernas metrópolis su ancestral identidad sensible con los fenómenos telúricos originarios.

La creación artística, en cualesquiera de sus vertientes tradicionales u heterodoxas, si responde al genuino propósito de infundir color, densidad y dinamismo a la existencia, si no es mera hechura de una vanidad fraudulenta o aderezado artículo de la mixtificación comercial, cumple la función irremplazable y nunca tan urgente como ahora, de restaurar la unidad quebrantada; de volvernos a conectar, en virtud de un lenguaje simbólico saturado de sentimiento, con el primigenio y sagrado misterio de la vida.  

Las certezas con las que la ciencia nos gratifica tienen un límite; los conocimientos que esta obsequia alcanzan pronto un techo que, desde el específico ángulo de enfoque matemático, experimental y cuantitativo al que se encomienda, no es posible sobrepasar. De modo que siempre, hasta el más humilde y banal objeto será para la razón científica en ciertos respectos desconocido; lo cual responde a la sencilla explicación de que nos está vedado desentrañar la naturaleza última de la materia. La realidad que nuestros sentidos nos hacen percibir no es -¡cuidado con pasar por alto hecho tan obvio!- el universo externo que creemos ver, oír, oler y tocar, sino otra realidad transfigurada por la mente; todo objeto captado por los sentidos es mental; al cabo y a la postre, sentir no es más que trasladar el mundo de los sucesos exteriores al del cerebro, donde tales acontecimientos sufren radical metamorfosis: se trasforman en experiencias psíquicas cuya íntima esencia jamás podrá ser desvelada porque, al igual que el ojo que mira no se ve a sí mismo, la psique no puede conocer la secreta virtud de su propia sustancia.

No es otra la causa de que, por más que adelante el saber que las disciplinas teóricas dispensan, y por más que tales avances incrementen de manera exponencial, merced al uso de tecnologías ultra-sofisticadas, el dominio del hombre sobre los fenómenos naturales, el misterio, o lo que es lo mismo, el desconocimiento absoluto de lo que básicamente somos, no podrá ser bajo ninguna premisa ni en ninguna imaginable circunstancia desarraigado o abolido. El misterio es la constante humana por excelencia; sin tregua, reposo ni excepción nos hará compañía… Y más vale no hacernos de la vista gorda ante cuestión de tanta monta y entidad.

 Así las cosas, frente a la evidencia de que el enigma de lo que somos no podrá nunca ser descifrado, cabe adoptar dos actitudes: de aceptación o de rechazo. Rechazar la presencia asidua de algo misterioso que nos sobrepasa y arropa la existencia, equivale a negar una parte fundamental de nuestro propio ser, la que con el auxilio de las pulsiones y símbolos que la nocturnidad del inconsciente fragua, nos vincula emotivamente con el cosmos, con el corazón palpitante del todo universal. Resistirse al misterio es comportamiento aberrante y, en postrera instancia, suicida; porque ese desconocido reino abisal al que el yo de la vigilia controladora se apresura a dar las espaldas aterrado, acude al expediente de trasmutar la energía reprimida en impulsos de destrucción y conductas malsanas, y termina resquebrajando las defensas que el frágil intelecto, con inútil fatiga, levantara… Las criaturas de la sombra, cuando no se les quiere reconocer su espacio, cuando se les prohíbe la entrada a la ceremonia social de la existencia cotidiana, se convierten en demonios malignos de los que no cabe esperar otra cosa sino estrago, ruina y disolución.

Empero, a cambio de admitir que no tenemos acceso a la verdad de nuestra humana condición, podemos aspirar a una vida exenta de desasosiegos y temores. Aquí es donde arte y literatura –el humanismo de ayer y de hoy lo comprueban- cumplen irrenunciable papel. Merced a la creación literaria y artística consigue el ser humano que la civilización alejó de su instintiva  naturaleza original restaurar los lazos que le unen al vientre primigenio de la tierra, al supremo manantial de aguas inagotables que nutre y reconforta. Arte y literatura desempeñan la función que antaño correspondía a los espíritus, ángeles, hadas, duendes, genios y divinidades: establecer un enlace afectivo con las potencias de la naturaleza, de modo a hacerlas humanamente asimilables. En aras de semejante propósito acudirán el literato y el artista al desconcertante lenguaje de los símbolos. Simbolizar es actualizar en imágenes, palabras, sonidos y movimientos, esto es, en formas perceptibles cuya virtud estriba en representar algo más que su significado obvio e inmediato, determinadas formaciones o estructuras anímicas inconscientes mediante las cuales revela el universo a la psique humana un orden o, si se quiere, una recóndita verdad de rostro esquivo que acuña en nuestra efímera existencia individual el marchamo de lo numinoso, trascendente y sagrado… En contraste con los signos lingüísticos y demás señales institucionalizadas, cuyas unívocas denotaciones no importan dificultad para quienes están familiarizados con el código de comunicación al que pertenecen, el símbolo al que el artista y el escritor de ficciones apela, exhibe un visaje ambiguo, orlado de bruma, nunca del todo definido porque su sentido no se cifra en un único y excluyente valor semántico, sino que hace referencia de manera simultánea a múltiples realidades, a menudo contrapuestas, pero que, por extraño que se nos figure, se imponen al espíritu bajo el aspecto de una representación de admirables coherencia y armonía.

El símbolo, otrosí, rebosa siempre de afectiva carga. No hay símbolo donde no hay sentimiento. Es el sentir –las fuerzas instintivas que obran por debajo de la conciencia- el que provoca el surgimiento de las imágenes coloridas, vibrantes, densas, estremecedoras que hemos llamado símbolos. Por eso el arte no puede prescindir de tan entrañables criaturas imaginarias, como no pueden tampoco desentenderse de ellas la magia, el mito ni la religión…

Como todas las artes comparten la aludida naturaleza simbólica y son fruto de una misma necesidad o tendencia del espíritu humano, lo que las diferencia o las torna diversas es la materia a la que el artista confía la tarea de simbolizar y el sentido al que principalmente dirige su acción simbolizante… Pero tema semejante es harina de otro costal...
Con lo expuesto creo haber cumplido el propósito que me motivara a borrajear estas cuartillas: hacer hincapié en la necesidad de una urgente renovación y difusión del ideal humanista cimentado en las artes y las letras… Repose ahora la pluma, y sírvale de almohada la ilusión de que no ha sido vano el esfuerzo de estampar estas melancólicas reflexiones.